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martes, 13 de septiembre de 2011

On 16:19 by LuisMiMarLo   1 comment

LA PÉRGOLA
BREVE HISTORIA DE UN DESENCUENTRO

María, la Mistela, bajaba sin prisa la Cuesta Cardón. Le condicionaban
el paso la mucha pendiente y la mucha edad.
María, a la que llamaban la Mistela porque su abuela tuvo fama de hacer
el mejor licor de naranja que se hizo nunca en Tazacorte, rondaba los setenta
y cinco, y el propósito de su paseo era visitar en el barrio de San Borondón
a su hermana Rosa, aquejada de una majadera gripe que la tenía a mal traer.
Al fin, la cuesta se allanó en Plaza, Iglesia y Pérgola. Una Pérgola rectangular,
con techo de buganvilla añosa y tachonada de antiguos y bellísimos
azulejos. A través de los huecos entre columnas y de los racimos de flores
rojas, lilas y de color miel, se colaba el sol del ocaso, mientras el campanario
de San Miguel advertía el comienzo de la Misa de la tarde.
La Mistela se propuso recuperar el aliento antes de reanudar su camino.
Bajó los escalones de acceso a la Plaza y se sentó al principio de uno de los
bancos de la Pérgola larga y acogedora, excepcionalmente vacía.

– . –
Nicolás Cañoto, que ya pasaba de setenta y ocho, subía con cierta dificultad
la ligera pendiente de la calle Miguel de Unamuno, en dirección a la
Plaza. Soltero, más que por vocación, por una profunda timidez que nunca
había conseguido dominar, en cuanto arríbó a la Plaza, se sentó, cansado, en
el inicio de la Pérgola; advirtiendo que sólo una señora, más o menos de su
misma edad, estaba sentada enfrente y en el otro extremo.
Ensimismado, Nicolás meditaba:
“Si no hubiera sido por lo de la venta de la casa de mis padres en Los
Pajeros, no hubiera hecho este viaje. Bien advertí a mi sobrino Juan
que iba a encontrarme un mundo muy distinto al que dejé, más aún
la gente que las cosas. Que de los amigos que tuve hasta los diecinueve años en que embarqué hacia Venezuela, lo probable es que no
hallase ninguno vivo. ¡Y así había sido, Dios! He preguntado por
Efraín para jugar una partida de dominó en la Plaza de la Vica, y por
Antonio Magdalena para echar una partida de carambolas en el bar
de Macario; al menos para hablar de las aficiones que compartimos.
Y ya no están. Ni ellos, ni Macario, ni la mesa. Me siento una sombra
que no encaja en este Tazacorte que me desconoce y que desconozco. Mañana, cuando me acomode en el avión para cruzar definitivamente el charco, de esta visita postrera no quedará, acaso, ni tristeza. Sólo una vaga añoranza de lo que fue, y algo que contarle a los
chavales de mi sobrino”.
Nicolás volvió a la realidad. Miró de soslayo y se fijó en la mujer que
descansaba al otro extremo de la Pérgola. Los débiles rayos de un sol a punto
de ocultarse parecían envolverla en una aureola mágica.
“Guapa debió ser –pensó–.¿No será acaso María? No, no es…
¿O sí?”
Nicolás Cañoto rememoró entonces los días de su niñez. Se vio crío de
ocho, haciendo diabluras en aquellos mismos bancos, sobre aquellas superficies de una lisura tersa y resbaladiza, consecuencia del roce continuo de tanto
pantalón corto, faldas con grandes lazos tras la cintura, manitas y piernas
ávidas de jugar y moverse. Como un recuerdo lejano pero preciso, pasó por
su mente la más viva de las imágenes: la de la pitusa de Lola la Mistela, menudita y ágil, morena del sol del Puerto, saltarina como ninguna de bancos,
muros y parterres de la Pérgola de la plaza: enseñadora en ocasiones, sin
quererlo ni saberlo, de unas braguitas blancas que ilustraron el nacer casi
angelical, casi inocente, de la sensualidad del pequeño Nico.
– “Parece que sí, que es ella…
Luego recordó el único viaje que se permitió hacer a Tazacorte, cumplidos los veintisiete años y consolidado el modesto negocio de cafetería que
había instalado en la misma calle de su domicilio en Caracas. El viaje de la
primera nostalgia, imperiosa: muy corto, de diez días, en la segunda quincena de septiembre del año cuarenta y siete.
Volvió a ver el pasado como en una película:
“Fue entonces, en la verbena de San Miguel, cuando estuve con los
amigos por los alrededores de la Pérgola. La orquesta Bolero amenizaba, desde la propia Pérgola, el baile de la Plaza. Me fijé en una
guapa joven sentada en la balconada que la circunda. Como ahora,
me pregunté: ¿será María? Era, por supuesto. Me acerqué con ánimo
de invitarla a bailar, pero en el último instante le cogí un tremendo
miedo al repudio; sin detenerme, la miré, y aunque ella pareció alentarme, pasé de largo.
Dos días después regresé a Caracas, a mi cafetería; a mi vida de soltero trabajador y puntual”
Años más tarde, Juan, el sobrino, viviría también la experiencia de
emigrar a Venezuela, acogiéndose al amparo de Nicolás. Acabó regentando
el negocio, formando una familia; devolviendo a su tío, de por vida, el favor
de amparo, y propiciándole esta última visita a su pueblo.
Por eso, tras cincuenta años de ausencia, estaba allí, en la Pérgola, reviviendo recuerdos inútiles y consumiendo sus últimas horas en la Isla.
– 
. –
A María no le había pasado inadvertida la atención del hombre. La mujer
tiene un sentido especial para captar actitudes y gestos imperceptibles. Ella
también se había hecho, en silencio, la misma pregunta:
– “¿Será Nicolás, el hijo de Sebastián Cañoto? He oído decir que ha
vuelto; ¡después de tantos años, madre mía!”
Tras la pregunta sin respuesta, la memoria de María se pobló de recuerdos.
“De niña me gustó aquel chiquillo serio y tímido que me miraba de
reojo cuando jugaba con mis amigas alrededor de la Pérgola. Ya
mayorcito me siguió gustando, pero no hubo forma. ¡Era tan corto!
Luego se me fue a Venezuela. Volvió sólo una vez, jovencito aún, y
ni siquiera entonces se atrevió a sacarme a bailar. ¡Qué hombre,
Dios!”
María la Mistela se había repuesto de su cansancio y regresado al mundo
presente y real de la gripe de su hermana Rosa. Se levantó, y con la lentitud
a que la obligaban sus piernas, afectadas por la flebitis, recorrió el largo pasillo entre columnas y buganvillas. Cuando pasó al lado del hombre, se miraron un instante, volviendo a hacerse la muda pregunta:
“¿Será éste Nicolás Cañoto?”
“¿Será ésta María la Mistela?”
Tras las miradas fugaces, como el cruce de dos gaviotas en el atardecer
del Puerto, la mujer bajó, con sumo cuidado, la escalera de la Plaza. A poco,
más ligera de cabeza y de pies, desandaba la acera de un San Borondón alargado y actual, como la vida misma.

La Pérgola, testigo de un último desencuentro, se arrebujaba, finalmente, en el sueño de la noche.
– 
Luis Sánchez Brito
1925 (Gran Canaria) - 2010 ( Tazacorte)
Cronista Oficial de la Villa y Puerto de Tazacorte





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